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¡A crecer, rapidito!

29 abril 2021

¡A crecer, rapidito!

Por Roberto Lerner

Una de las preocupaciones más frecuentes de los padres está centrada en la velocidad con la que sus hijos adquieren habilidades o aprenden conductas. Debe ser nuestra obsesión con el tiempo y la urgencia por meter en un lapso determinado el mayor número de aprendizajes y logros.

“Han llamado del colegio y dicen que mi niño, está en primer grado, se sale de la línea y escribe como quiere”, me escribe, con tono —en fin, su equivalente virtual— angustiado una madre. “Mi hija tiene 18 meses y aún no quiere dejar la mamadera”, confía otra, igualmente preocupada. “Mi pequeño de 2 años emplea apenas una veintena de palabras”, se queja una tercera — la mayor parte, no todas, la proporción cambia todos los días, pero más del 50% de las consultas, son hechas por mujeres— inquiriendo a qué especialista debe llevarlo.

¿Qué nos está pasando?

Muchos, profesores y padres —probablemente lo mismo ocurre con empresarios y ejecutivos—, queremos productos acabados, sin haber pasado por fases de investigación y desarrollo, planeamiento y producción. ¡Oigan, el desarrollo psicológico —imagino que igual el económico y social— no es un paseo gratuito, la educación no es una suerte de all inclusive, la crianza no es una especie de paraíso donde ponemos a los chicos y les decimos que cojan lo que quieran —con las páginas porno de Internet y ciertos encuentros en Instagram, haciendo las veces de frutas prohibidas— y, ya, listo!

¡No me digan que en primer grado un chico se sale de las líneas y escribe como quiere! Yo pensaba que en primer grado se aprende a escribir. Si a la tercera semana de clases se comienza a prender alarmas por eso, entonces ¿para qué estamos los profesores? ¿Alguien se ha puesto a pensar que escribir —algo para lo que no estamos hechos en el nivel de hardware— implica trasladar sonidos y significados a patrones visuales y motores complejos de ida y vuelta? Además, los hombres somos más bien desordenados y nos caracterizamos por letras que son a la belleza, lo que el Carnaval de Río a la moderación. Para no hablar de que Jaimito puede ser algo más lento que otros.

Dejar la mamadera por la taza y el vaso a los 18 meses, no es solamente una cuestión de destrezas, tampoco de madurez psicológica, menos de desarrollo moral. ¿Alguno de los lectores ha probado tomar leche —o cualquier otro líquido, menos un pisco— en mamadera? Sencillamente a esa edad no hay razón alguna para trocar un placer tan grande por otras conveniencias que, más adelante, en un contexto social más impersonal y no necesariamente familiar, van a imponerse por cuestiones prácticas.

Si no cuesta, si no toma tiempo, si no es una aventura, ¿cuál es el vacilón de crecer, criar y enseñar?

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