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Enseñar y aprender a dejar huella

01 diciembre 2020

Enseñar y aprender a dejar huella

Por Roberto Lerner

En el principio siempre está el deseo. Luego, el verbo, que le da cauce y dirección. Para dejar huella, hay que desearlo. Las razones pueden ser muchas. Quizá algo que sobra, o falta. Puede ser una timidez oculta o un exhibicionismo disfrazado. Poco importa. En mi caso, además de algunos o todos los anteriores, estuvo la voluntad de hacer sentir a algunos de mis alumnos algunas de las cosas que me habían hecho sentir algunos de mis profesores. Más que los datos, los métodos y los temas, fueron emociones y actitudes.

En este siglo sobrecargado de información y ruidoso hasta más no poder, lleno de recetas y recomendaciones, transparente sin compromiso y sin secretos o con secretos de vidas cortísimas, ¿cuáles son las habilidades que debemos despertar y reforzar en nuestros alumnos?

En primer lugar, entender sus propias mentes y el pensamiento, acceder a ese 90% de actividad desconocida, a veces poco racional en el sentido tradicional, que subyace a muchas decisiones, prejuicios y convicciones. Ejercer la curiosidad y el arte de la pregunta, del escenario alternativo y hasta imposible, la capacidad de dar sentidos nuevos a paisajes añejos.

En segundo lugar, poder recurrir a variados lenguajes para ilustrar lo que se piensa y siente. No hablo de idiomas, que también son importantes, sino de integrar en la tarea de seducir otras mentes, de convencerlas, de transmitir una visión, más allá de los números y las palabras, imágenes, olores, movimientos y ruidos.

En tercer lugar, ser capaces de conocer sus estilos, lo que facilita sus aprendizajes, lo que los limita, las horas más productivas y creativas, las tentaciones más traicioneras. No para juzgarlos y cambiarlos mediante terapias que terminan por poner el énfasis exclusivamente en las debilidades, sino para utilizarlos, aprovecharlos, sacarles el jugo y que sean herramientas de florecimiento.

En cuarto lugar, poder ponerse en el lugar del otro, de otra mente, de otra cultura, de otra religión, de otro estilo, de otra perspectiva, atreverse a pensar desde otro punto de vista, aunque espontáneamente nos repugne, y encontrarle ángulos válidos y valiosos.

En quinto lugar, la convicción de que todo aprendizaje es pertenencia, contribución al conjunto y producto de un intercambio que tiene sentido en una comunidad de mentes, una contribución a lo colectivo, un acto de voluntariado intelectual que genera identidad compartida.

En sexto lugar, el valor del esfuerzo, del fracaso, de la adversidad y la conciencia de que rebotar y recomenzar es lo que define una mente vigorosa que se equivoca y reincide, que no se rinde.

En séptimo lugar, el ejercicio del sentido del humor. Aprender es algo serio, pero nunca aburrido y reírse de uno mismo, cuando se enseña y aprende, es el mejor antídoto contra el peor enemigo del conocimiento: la acartonada y gris solemnidad.

Está claro que lo anterior no puede estar todos los días en todas las clases en todos los profesores y en todos los alumnos. Pero si ocurre a veces, si caracteriza algunos encuentros apasionados entre maestro y alumno, habrá huellas y, en un futuro no muy lejano, los alumnos de tus alumnos estarán vibrando en una cadena de amor que une las generaciones.

Y nada de lo anterior requiere de grandes presupuestos.

 

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