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Los maestros también son papás y mamás confinados en su hogar

06 abril 2020

Los maestros también son papás y mamás confinados en su hogar

Por León Trahtemberg

La norma sobre el teletrabajo de padres desde el hogar en período de aislamiento social, que supone para los maestros seguir trabajando sus 8 horas diarias en casa para reemplazar las que harían en el colegio de haber clases presenciales, tiene una falla: no considera que muchos de esos maestros son papás y mamás en cuyo hogar se encuentran igualmente confinados sus hijos menores, desde los recién nacidos hasta los adolescentes escolares. Requieren atención continua y los que ya son escolares, requieren acompañamiento para entender la educación a distancia y a su vez tener la disponibilidad de computadoras, celulares, acceso a Internet, espacios para concentrarse, lo cual en muchos hogares implica alguna organización con padres y hermanos que hace imposible que todos estén conectados a la vez las 6-8 horas del día escolar.

A ello hay que agregar el hecho de que hasta ahora el mensaje del Minedu e Indecopi para la educación privada es que las clases a distancia deben equivaler a las presenciales en tiempo y cobertura de lo que hubieran sido las clases regulares, lo que obliga a los colegios a programar los días de aislamiento de alumnos intentando hacerlos equivalentes a los días escolares presenciales para cumplir con el compromiso del calendario escolar.

A los profesores de la escuela pública no se les descuenta por los días que no hay clases por decisión de gobierno, y la llamada recuperación presencial ha ocurrido (a medias) cuando se trataba de unos pocos días, pero ¿qué pasará si habrán 2 o 3 meses sin clases que es algo muy realista para nuestro caso? De allí que mi propuesta es que lo que cabe es recortar el año escolar en el número de semanas que dure la emergencia y reprogramar el resto para que calce con lo que queda del año en curso y lo que no es posible pasarlo al año siguiente. Los profesores, tanto públicos como privados, deben seguir siendo reconocidos en sus haberes por su continuidad en el trabajo, lo cual debe seguir contando con el respaldo de las pensiones escolares.

En cuanto a la modalidad de trabajo, la norma oficial que rige el horario de trabajo de los profesores debiera ser flexible, sin pretender que estén conectados todo el día a la computadora y asumir que los alumnos harán lo propio, de modo que cada uno pueda organizar sus tiempos para atender esta simultaneidad entre ser padres y ser maestros confinados en el mismo momento en el mismo lugar. Los profesores pueden realizar muchas tareas de organización del material para la educación a distancia en el tiempo que ellos consideren más cómodo, manteniendo una parte del horario diario fijo para la comunicación y coordinación con sus coordinadores y alumnos, que puede ser el suficiente para dar las consignas del trabajo y luego dar la retroalimentación a los alumnos sobre el trabajo realizado, sea en tiempo real o diferido usando los medios electrónicos.

Lo que hay que entender es que lo que hoy se conoce como “estudiar a distancia” a nivel universitario o de actualización profesional, supone que el estudiante en el tiempo que estará conectado a la clase online, -o si es profesor, cuando las está preparando clases-, está liberado de otras obligaciones simultáneas de trabajo o atención de las necesidades del hogar, para así sacarle provecho a esas clases. Esa no es una modalidad que supone que a la vez que el estudiante cumple tareas domésticas y familiares, está estudiando online.

Por último, la educación a distancia supone formatos y medios muy diferentes a las clases frontales del siglo XX. No solo porque tienen una serie de puntos ciegos (aún durante una clase en tiempo real cada alumno puede estar conectado a su computadora o celular haciendo otras cosas que lo distraen y desconcentran), y porque la desconexión física crea un clima de trabajo distinto al de aquél en el que hay una conexión humana, sino por el alto nivel de autonomía, autoregulación y autodisciplina que eso implica. Se supone que un profesor desarrolle una clase por unos minutos y luego el estudiante por su cuenta indaga, investiga, comparte y discute con sus compañeros de grupo por vías virtuales, resuelve problemas para que luego al reconectarse pueda presentar su postura sobre un tema. Eso que se suele ver en cursos de posgrado aún no existe para el nivel escolar, mucho menos para niños menores.

No olvidemos además que aquellos que no tienen computadoras, celulares o conexión a Internet que deben limitarse a ver por televisión las clases están en peor situación aún porque están colocados es posturas pasivas sin ningún nivel de interactividad y posiblemente sin el acompañamiento de adultos que les ayuden a traducir lo que se supone que deben aprender como consecuencia de haber visto un programa de televisión.

La educación a distancia tiene reglas de creación, producción, emisión, interacción, aprendizaje muy distintas a las de las clases presenciales. Desconocer eso, lo único que traerá es un cumplimiento formal de los días de clases asignados pero a la vez un altamente ineficiente e irrelevante proceso de aprendizaje, con la consecuente pérdida de tiempo y ganas de aprender para todos los involucrados.

En suma, no podemos pretender inventar en quince días una modalidad de trabajo sobre la cual no hay experiencia, sin garantizar que profesores y alumnos estén en óptimas condiciones para hacerlo, solamente por cumplir las formalidades de completar un programa o currículo que supone un número de días y horas de clases al año a través de una serie de áreas curriculares.

Las circunstancias nos obligan a aprender rápidamente a hacer las cosas de una manera inusual, atípica, aunque usando herramientas que nos acercan más a las opciones de la  modernidad, lo que a mediano plazo significará un salto hacia adelante. Pero no podemos pretender que todo eso caiga sobre las espaldas de maestros saturados, con una carga emocional muy alta, producto de las exigencias simultáneas de atender a sus familias y el trabajo, bajo amenaza de que si no lo hacen estarán incumpliendo sus responsabilidades.

Tampoco podemos pretender que los alumnos se transformen en quince días de ser alumnos profesor-dependientes, a ser estudiantes autónomos, auto-disciplinados, que pueden estudiar por su cuenta aquello que se consignó en el currículo para ese fin, independientemente de las otras necesidades que existen en su hogar en época de confinamiento social.

Esta es una experiencia que se está construyendo entre todos, en un contexto de emergencia, y lo que esperaríamos del Minedu, Indecopi, Ministerio de Trabajo, etc. es que den las pautas que abran las puertas a la flexibilidad, la innovación, la preocupación por la salud mental de profesores, alumnos y padres, la adecuación de la vida escolar a las circunstancias atípicas que vivimos. A la par, transmitirle a la comunidad el mensaje de que los colegios están trabajando por darle continuidad a la vida educativa de sus hijos dentro de las posibilidades realistas, sin caer en la impertinente contabilización de una imaginada igualdad entre horas de conexión profesores-alumnos como equivalentes a horas de clase dictadas en la rutina presencial. Y ese esfuerzo de los colegios tiene que ser valorado porque es por el bien de los estudiantes.

Y a los maestros y maestras que esforzadamente están dando lo mejor de sí para atender y cuidar a sus alumnos y mantener su interés por el aprendizaje, pese a todas las dificultades, vale la pena hacerles un merecido reconocimiento.

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