Los que dejan huella cuando todo resbala

28 de febrero, 2026
Autor

Roberto Lerner

  • Fecha: 28 de febrero 2026
  • Medio: Diario Perú 21

“Lo que distingue a un mentor —y los mejores maestros que he escuchado en este concurso lo son— es que no solo enseña contenidos, sino que el conocimiento es confiable”.

La semana pasada escribí sobre la confianza como tecnología social: no un sentimiento difuso, sino el mecanismo que permite que millones de personas que no se conocen puedan cooperar. Las instituciones que regulan la vida colectiva encargadas de producirla, en casi todo el mundo y en el Perú, como muestran los datos, están fallando con estrépito.

Pero hay excepciones. Vale la pena detenerse en ellas, no para consolarnos, sino para entender qué hace que la confianza funcione, cuando funciona.

Desde hace diecisiete años, el concurso Maestro que Deja Huella —una iniciativa del grupo Intercorp en la que participo como miembro del comité técnico— recorre el país buscando ese tipo de excepciones. Un maestro o directivo del sector público por región, seleccionado porque su comunidad educativa reconoce que ha cambiado algo: en el aula, en la escuela, en el barrio, en la vida de sus alumnos.

No es un concurso sobre pedagogía, didáctica o currículum. Es, en el fondo, un concurso de confianza.

¿Qué hace un maestro que deja huella? Lo que hace cualquier institución que funciona: reduce la incertidumbre. Hace predecible que habrá alguien que se interese, que corrija sin humillar, que vea potencial donde otros ven un problema, que regrese de manera sistemática cuando otros están solo para la foto. Para muchos niños que crecen sin saber en quién apoyarse —figuras estables, reglas claras, promesas que se cumplen—, un maestro así no es solo un educador. Es infraestructura social.

Lo que distingue a un mentor —y los mejores maestros que he escuchado en este concurso lo son— es que no solo enseña contenidos, sino que el conocimiento es confiable, que el esfuerzo tiene consecuencias predecibles, que el vínculo con otro puede sostenerse en el tiempo sin convertirse en dependencia ni abuso. En otras palabras, enseña a confiar. Y eso, en una sociedad descreída al extremo, es un desempeño casi contracultural.

En mi columna anterior decía que cuando las instituciones pierden legitimidad, la cooperación se vuelve lenta y cara. Cada transacción exige garantías adicionales. Cada acuerdo requiere intermediarios. Pero hay un espacio donde eso no ocurre así: el aula de ese maestro que sus alumnos recuerdan décadas después. Ese espacio funciona porque alguien optó por ser confiable —no ocasionalmente, sino de manera sistemática y pública— y su comunidad lo reconoció.

Los maestros que dejan huella no salvan al sistema. Pero sí demuestran que la confianza puede producirse, que no es un lujo reservado a otras sociedades, y que cuando alguien la genera —con consistencia y generosidad, con la extraña valentía de apostar por quienes aún no han demostrado nada y nada tienen que ofrecer—, deja una marca que se transmite. Sus alumnos, con suerte, se convierten en maestros. O en ciudadanos que saben lo que es —y contribuyen a— que las instituciones cumplan sus promesas.
En un año marcado por el recelo recargado, eso no es poca cosa. Es, quizás, el único modelo disponible de cómo se construye y reconstruye —porque siempre requiere un recomienzo— la confianza básica, frágil por naturaleza: no desde arriba, sino desde adentro. No con decretos, sino con presencia.

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